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Bifurcado recursivamente desde 1974

Mes: noviembre, 2012

A veces los comienzos no se basan en intenciones puras aunque el resultado final sea sumamente deseable

El otro día estaba hablando con mi 50% sobre el primer libro que leí, y cómo me dio por iniciarme en el hábito de la lectura. Digamos que es un dato que siempre he tenido en la cabeza, pero del que rara vez me acuerdo. Probablemente porque no me conviene xD

Y es aquí cuando debería poner aquello de «yo confieso». El primer libro que me leí creo que fue una colección de relatos en el cole, relatos sobre inventores o exploradores. Recuerdo que había una historia sobre Howard Carter y otra sobre Charles Goodyear… De hecho, tengo esa en la cabeza porque recuerdo la primera frase del relato:

Good year, Goodyear!

Creo que fue la primera vez que me encontré con un juego de palabras en inglés.

Bueno, me leí ese libro como parte de un trabajo navideño, y aunque el libro me gustó mucho, no le cogí el truco a aquello de leer. No sé, a lo mejor la idea de comprar libros era algo que no me pasaba por la cabeza.

Mi verdadera afición por la lectura llegó mucho más tarde, más o menos en 2º de BUP, y el culpable es mi amigo Moi, un tipo que se dedicaba en sus ratos libres a tocar farolas diciendo «¡TE VOY A DEMOSTRAR QUE NO SOY GAFE TOCANDO ESTA FAROLA PARA QUE VEAS CÓMO NO SE FUNDE!».

Y en efecto, la farola no se fundió. Simplemente hubo un apagón en toda Playa del Inglés y San Fernando de Maspalomas durante varias horas. Aprovecho para recordarle este hecho siempre que viene a cuento, y sobre todo, cuando no viene a cuento.

Les decía que el ínclito fue el auténtico responsable de mi afición por la lectura porque un buen día apareció con un libro en mi casa, Preludio a la fundación, de Isaac Asimov, y me dijo que se lo había leído en cero coma culo (o algo semejante; éramos jóvenes y estábamos en estado de celo permanente).

Todo aquel que me conozca sabrá que soy un picado de tres pares de cojones. Si él se leyó un libro en cero coma culo, yo tenía que leerme el mismo libro en cero coma pene. Y allá que me fui a Fototec, tienda de revistas de Maspalomas, a comprar el mismo libro.

Y la jodí.

Lo que comenzó siendo un simple pique acabó convirtiéndose en una afición casi obsesiva. Cada vez que tenía algo de dinero en el bolsillo (todavía recuerdo estar ahorrando durante un mes para poder ir a Las Palmas a comprar libros en Moebius y en la difunta Cuto), aprovechaba para comprarme un libro, primero de la serie Fundación de Asimov, y después casi de lo que pillara de ciencia ficción o fantasía épica (léase dragonadas).

Hoy, 23 años más tarde, he acabado con una colección de más de 600 libros que no sé dónde meter y que probablemente venda (ya me los he bajado en digital). He tenido épocas de lectura convulsa (como ahora) y épocas de sequía lectora. Como tantos otros, supongo.

Uno no puede (ni debe) creer a pies juntillas lo que lea en una novela, porque para eso es un ejercicio de ficción salido de la mente del autor, pero a poco que escarbes, siempre encuentras datos útiles. Leer es para mí una forma de evasión, de olvidarme de mis problemas, de relajarme y de ver las cosas con perspectiva. Nunca me arrepentiré de aquel pique entre dos amigos, ni de lo que me acabó aportando, que es mucho.

Espero seguir así durante mucho, mucho tiempo.

.config

El otro día les contaba que Google Drive es una puta mierda, y aprovechaba para dar un repaso a los servicios que conocía de sincronización de archivos en la nube. Gracias a ustedes, mis queridos correligionarios, me enteré de la existencia de Ubuntu One, y ese se ha convertido en mi servicio de referencia, conteniendo mi biblioteca de Calibre.

Pero ese no es el único uso que le doy a este tipo de servicios. Hace tiempo que vengo usando Dropbox para mantener mis configuraciones entre equipos. Me explico.

La imagen que abre esta historia está formada por tres capturas de pantalla en las que se ve el editor de texto Vim. Las capturas corresponden a los tres sistemas operativos en los que uso este editor: Windows XP, Linux Mint y Mac OS X. El mismo editor en tres sistemas operativos diferentes, pero en todos ellos uso la misma configuración. Los tres tienen los mismos colores, los mismos sistemas de búsqueda, etc. Para que se hagan una idea, este es el fichero de configuración que uso.

La idea es simple. Si tengo que hacer un cambio en la configuración de Vim, lo hago en un solo equipo, y los demás ordenadores se enterarán automágicamente sin necesidad de estar copiando el fichero en todas partes (de hecho, el mismo fichero de configuración se emplea en cuatro ordenadores diferentes). Para ello uso dos cosas: un servicio de sincronización (Dropbpox, en este caso) y enlaces simbólicos (ahora llegamos a eso).

Para acometer este asunto, hay dos partes. Doy por supuesto que el mismo servicio de sincronización está instalado en todos los ordenadores en los que está el Vim (en este caso). Esto es lo que habría que hacer (las instrucciones son extrapolables a cualquier archivo de configuración que se les ocurra para cualquier programa, siempre que sepan dónde se pone exactamente el archivo).

Ponemos el archivo de configuración en la nube

Lo primero que tenemos que hacer es poner el archivo de configuración en la nube. Vamos a suponer que empleamos Dropbox, y que dentro de la carpeta de Dropbox hay una carpeta llamada .config que será la que contenga nuestras configuraciones entre distintos equipos.

En este caso, vamos a poner el archivo de configuración, llamado .gvimrc, dentro de la carpeta .config/vim. Dependiendo de si estamos haciendo esto en Windows, Linux o Mac OS X, el archivo quedará en un sitio u otro:

  • Linux: $HOME/Dropbox/.config/vim/.gvimrc
  • Windows: %USERPROFILE%Dropbox.configvim.gvimrc
  • Mac OS X: $HOME/Dropbox/.config/vim/.gvimrc

Lo hagamos donde lo hagamos, al copiarlo nos aseguramos de que esté disponible automáticamente en cualquier otro equipo en que tengamos Dropbox instalado.

Hacemos que el Vim use el archivo (Linux/Mac OS X way)

Vale, ya tenemos el archivo en Dropbox, pero ahora tenemos que decirle al Vim que use ese archivo de configuración. Tanto en Linux como en Mac OS X, el archivo de configuración del Vim se pone automáticamente en la carpeta $HOME. Es decir, el archivo de configuración estará en $HOME/.gvimrc. Es ahí donde Vim espera encontrarlo.

Lo que tenemos que hacer es un enlace simbólico, o lo que es lo mismo, una forma de decirle al sistema «eh, este archivo que esperas encontrarte aquí está en realidad allá».

Para ello, solo tenemos que cargarnos el fichero de configuración original y decirle al sistema dónde está el nuevo, enlazándolo. Abrimos una consola y ponemos:

$ cd ~
$ mv .gvimrc .gvimrc.bak
$ ln -s ~/Dropbox/.config/vim/.gvimrc .gvimrc

Et voila! Cuando pongamos en marcha el Vim en Linux o en Mac OS X, usará automáticamente la configuración que hayamos puesto en Dropbox. No nos tenemos que preocupar de nada más.

Hacemos que el Vim use el archivo (Windows way)

Bajo Windows las cosas no son tan sencillas, porque en Windows XP no hay soporte nativo para enlaces simbólicos. Creo que Windows 7 sí lo trae, pero yo utilizo la misma herramienta para poder crear enlaces simbólicos en ambas versiones del sistema operativo.

Como en Linux/Mac OS X, tenemos el archivo de configuración en Dropbox. Ahora lo que nos queda es eliminar el archivo de configuración local, creando un enlace al archivo de configuración en Dropbox.

Para ello nos tenemos que instalar un añadido del sistema llamado Link Shell Extension. Peeeeeeero, si usan Windows XP, primero tienen que instalar un driver que permite la creación de enlaces simbólicos. Con Windows Vista o Windows 7 no hace falta (de Windows 8 no tengo ni puta idea).

Después de instalar el driver (repito, sólo bajo Windows XP), se bajan la versión de Link Shell Extension que corresponda.

Con esto ya podemos crear enlaces simbólicos, y lo vamos a hacer con nuestro famoso archivo de configuración. Abrimos un explorador de Windows y navegamos hasta la ruta %USERPROFILE%Dropbox.configvim, y pinchamos con el botón secundario del ratón sobre el fichero .gvimrc, eligiendo la opción Pick Link Source.

De esta forma, estamos diciendo «eh, este es mi fichero de origen, el que quiero enlazar». Ahora tenemos que navegar hasta la ruta en la que está el archivo de configuración del Vim. Normalmente estará en %PROGRAMFILES%Vim_gvimrc. Navegamos hasta dicha carpeta, eliminamos el fichero y, con el botón secundario del ratón elegimos la opción Drop Hardlink.

Lo siguiente que veremos será el archivo .gvimrc en la ruta %PROGRAMFILES%Vim, con una flecha roja indicando que el archivo es en realidad un enlace a otro archivo. Y ya está. A partir de ese momento, el Vim utilizará la configuración que tenemos almacenada en la nube.

Sí, ya lo sé, bajo Windows apesta. Yo no tengo la culpa.

PS Voy a intentar aprovecharme descaradamente de mis lectores. Si se dan de alta en Ubuntu One siguiendo este enlace, nos dan a ambos 500 MB de almacenamiento extra.

Afán recaudatorio

Que a nuestros responsables públicos les falta un hervor (por no decir algo mucho peor), es algo que salta a la vista aunque te hayas enucleado con saña. A más de uno habría que darle de hostias a ver si, mediante tan expeditivo método, adquiere un poco de sentido común. O sentido a secas, que tampoco vamos a ponernos exigentes a estas alturas de la crisis la película.

Creo que alguien debería explicarles a los responsables de la Guardia Civil la diferencia entre el afán recaudatorio y el afán disuasorio.

Veamos… Mi padre siempre ha dicho, medio en serio, medio de coña, que cuando llegan las fechas navideñas, llenas de paz, amor y asesinatos en serie, la Guardia Civil se esmera poniendo multas porque los agentes necesitan un extra para pagar los regalos de Reyes de sus hijos.

Pues va a ser que llevaba razón.

Yo pensaba, ingenuo de mí, que cuando te ponen una multa de tráfico es para que te sientas como una babosa abyecta y no vuelvas a repetir tu inicuo comportamiento. En una situación ideal, tú te saltas tres carriles de una rotonda maldito hijo de la gran puta, la Guardia Civil te trinca (recuerden que esto es un blog de ficción, así que no se me desopilen), te pone una multa con recta ira, y tú te portas bien a partir de ese momento (¡de ficción he dicho, COÑO YA!). Eso es afán disuasorio. Te hago pupita para que te portes bien.

Pues si eso es así… ¿Cómo es posible que le exijan a los agentes de tráfico que pongan más multas? Porque para mi gusto, cuando un Guardia Civil hace bien su trabajo, pone menos multas, no más.

Porque cuando las multas se ponen con afán recaudatorio, el sistema se vuelve perverso. Si lo que prima es el número de multas, está claro que cuantas más multas se expidan, mejor. Y eso quiere decir que cuanta más gente infrinja las normas de tráfico, MEJOR. Eso es afán recaudatorio. Te hago pupita para cobrar.

Creo que debería crear una categoría en el blog llamada «putamierdismo» para clasificar historias como esta.

PS Gracias por suministrar la mierda, Jordi.

PPS He añadido «putamierdismo» a mi diccionario del Firefox.

Cambiando la forma de escribir

Los que leen este blog en estado de barbecho gobernado por un biestable (el biestable c’est moi), sabrán que me gusta más un texto con estilo que un racimo de pollas penes a una ninfómana. Los que tienen la suerte de leer mis correos laborales y/o documentos de especificaciones, lo tendrán más claro aun.

En cierta ocasión leí que las personas que se entretienen en dar formato a sus correos son dignas de respeto.

SO RESPECT ME, BITCHES.

En cuarto o quinto de carrera (los detalles se hacen nebulosos a medida que me acerco a mi primera exploración rectal por aquello de la próstata) me enseñaron a separar presentación y contenido en documentos Word. Me enseñaron a hacer plantillas antes incluso de pensar en lo que quería escribir. Me enseñaron a pensar en el cómo antes que en el qué. De hecho, soy un talibán de los estilos de texto y me dedico con furioso celo a corregir los estilos espurios que veo en los documentos que yo he creado.

Humor me. Or fuck yourself. Whatever.

En una de mis lecturas transversales de la red (léase, procrastinación; vuélvase a leer, hacer el ganso), me encontré con un sistema de escritura en texto llano llamado Markdown. Al igual que le sucede a Jeff Atwood, yo adoro Markdown. Porque me permite escribir dándole estilos al texto de forma natural, sin apartar las manos del teclado para nada y con cuatro o cinco elementos muy fáciles de recordar.

Por ejemplo, cuando quiero poner un texto en cursiva, escribo lo siguiente:

_Este texto saldría en cursiva._

Si quiero escribir un texto en negrita:

__Este texto saldría en negrita.__

Sin tener que aprenderme marcas complicadas puedo poner estilos al texto como cursiva, negrita, listas numeradas y no numeradas, fragmentos de código, etc. Me compré para el Mac un programita llamado Byword que es simple a más no poder.

Pero mi epifanía llegó cuando supe que había una extensión de Firefox que sirve para escribir directamente usando Markdown en cualquier cuadro de texto enriquecido (como por ejemplo, el cuadro para componer un correo de Gmail). La extensión se llama Markdown Here, y está también para Chrome.

Y, como no, hay una extensión para WordPress llamada wp-markdown que es la que estoy usando en este preciso momento para escribir esto que van a leer ustedes.

PS Llevo un tiempo en el que cuando me preguntan la edad, la doy en desplazamiento relativo a mi primera futura exploración de próstata. Por ejemplo, ahora mismo tengo (primera exploración de próstata - 2).

PPS Aquí tienen el «código fuente» de esta historia, tal como lo he escrito.

¡Primoooooooo!

Hay mucha gente que odia las matemáticas. Eso es un hecho tan reconocido como el que la hierba medra en los prados y los perros se huelen el orto. Basic facts of life.

Yo reconozco que odié las matemáticas durante buena parte de mi infancia, concretamente hasta 3º de BUP (¿16 años tendría?). Aprobar, aprobaba (y con nota, que para eso era un empollón de mierda), pero no le veía yo el aquello.

Cuando empecé con geometría euclídea… Aaaaah, aquello era otra cosa. Todo el sufrimiento que tuve en 2º de BUP con los logaritmos neperianos se borró como el mal recuerdo que se te queda después de una torcedura de pene tras una noche de sexo especialmente violenta. A partir de aquel entonces, disfruté de las matemáticas.

Esta introducción absolutamente innecesaria para inflar mi de por sí desmesurado ego sirve, además, para dar pie a lo que quería contarles realmente. Veamos… Todo el mundo sabe lo que es un número primo, ¿no? Es un número que sólo es divisible por sí mismo o por 1.

Pues una entidad tan simple ha traído de cabeza a matemáticos de todas las épocas, porque no parece que haya ninguna regla que permita racionalizar la distribución de dichos números. Es decir, tú empiezas a contar y hay números primos que se encuentran apiñados y otros que se encuentran totalmente esparcidos. Echen un vistazo a los primeros 168 números primos, que son además los únicos que hay por debajo de 1.000.

Antes de proseguir, tengan en cuenta que tengo esta historia en borrador desde julio de este año, y olvidé apuntar la fuente original (pienso que fue en el boletín que recibo diariamente de The Code Project).

Como iba diciendo antes de interrumpirme groseramente, realmente hay un patrón en los números primos, pero dicho patrón es apreciable de forma gráfica. Permítanme presentarles una ilustración de Omar E. Pol:

Números primos

]3 Números primos

Si se sienten con ánimos para ello, pueden leer la explicación completa de Omar Evaristo Pol sobre la determinación geométrica de los números primos y perfectos. Es larga, pero está plagada de ilustraciones realizadas a mano por el autor que son una delicia (si sientes tales inclinaciones, claro).

Tomando como base uno de los modelos visuales para entender la distribución de los números primos, Jason Davies, especialista en visualización de datos, ha creado una página (El patrón de los números primos) que muestra de forma interactiva las curvas que intersectan diversos números de la recta real, explicando de qué tipo es cada número (por curiosidad, prueben el 42, y así tendrán la respuesta gráfica al sentido de la vida, el universo y todo lo demás).

Google Drive es una castaña

Para ponerles en situación, yo utilizo Calibre para gestionar mi biblioteca de libros electrónicos de, ejem, dudosa procedencia. Como tantos otros en este universo, vamos. Tengo una buena cantidad de libros y cómics guardaditos para ir leyendo en las frías tardes de invierno, porque WINTER IS COMING, JODER. Por si no se habían dado cuenta y tal.

Hace un tiempo me dio por tener mi biblioteca disponible en todos mis equipos, que son unos cuantos: mi workstation para jugar (Windows 7), mi servidor casero (Linux Mint 9), mi ordenador del curro (Linux Mint 13) y mi portátil (Mac OS X Mountain Lion). Y para ello, nada mejor que utilizar Dropbox. Para los que no lo sepan (y algo me dice que la mayoría de mis lectores sabe de qué se trata), es un servicio de almacenamiento de archivos «en la nube». Tú pones un archivo en tu carpeta de Dropbox en el equipo de casa, y éste aparecerá automágicamente en tu carpeta de Dropbox en el equipo del trabajo.

Así pues, llevo un tiempo manteniendo mi biblioteca de Calibre en una carpeta dentro de Dropbox, con lo cual, si metía un nuevo libro en casa, éste estaría automáticamente disponible en el portátil, con lo cual no tendría que preocuparme de si se me olvidó copiarlo con lo que no podría leerlo.

So far, so fucking good, for fuck’s sake.

Pero mi idilio con Dropbox llegó a su fin. Y no porque de repente me levantara una mañana después de una indigestión de panettoni y decidiera que ya estaba bien de tanto sincronizar, coño ya, no. El problema es que Dropbox «sólo» me ofrece 3 GB de almacenamiento, y debido a ciertas, um, adquisiciones recientes, mi biblioteca de Calibre ha crecido hasta los 2.88 GB.

Digamos que la casa se me ha hecho pequeña. En esta tesitura, empecé a pensar en servicios alternativos para mantener mis archivos sincronizados, y el primero que me vino a la cabeza fue Google Drive. Con una cuenta de Gmail ya tienes acceso directamente, y te ofrece 5 GB, así que, ¿por qué no?

Hace un par de días copié la biblioteca de Calibre desde su ubicación en Dropbox a su ubicación en Google Drive, y lo hice en el equipo de sobremesa. Tuve que dejar el ordenador toda la noche y buena parte del día siguiente subiendo los archivos a la nube (porque, como todos ustedes saben, las velocidades de subida que disfrutamos normalmente en este país de mierda son de risa). Mientras tanto, con el portátil encendido a ratos, se iban bajando los archivos desde la nube a la carpeta de Google Drive. Digamos que el equipo con Windows 7 actuaba de «emisor», mientras que el equipo con Mac OS X actuaba de «receptor».

Cuando terminó el laaaaaaaaaaaaaargo proceso de sincronización a dos bandas, simplemente tuve que abrir el Calibre y decirle dónde estaba la nueva biblioteca, tanto en el equipo de sobremesa como en el portátil. Y aquí empezó mi mosqueo.

En el equipo de sobremesa todo fue bien. La biblioteca estaba perfectamente en su nueva ubicación, así que podía ver los libros exactamente igual que como estaban en Dropbox.

Peeeeeeeero, resulta que al hacer lo mismo en el portátil, a pesar de que los libros aparecían en la lista, no podía verlos. Calibre me decía que había algún problema de integridad entre la base de datos y la ubicación real de los libros. Así que me dio por comprobar si los libros estaban donde se supone que debían estar.

Horror y condenación.

Les pondré un ejemplo práctico. En Windows 7 tenía mi biblioteca en %USERPROFILE%Google DriveCalibre, y dentro de la misma tenía una carpeta con la novela Cuna, de Arthur C. Clarke y Gentry Lee. La ruta donde se encontraba dicha novela era %USERPROFILE%CalibreArthur C. ClarkeCuna (371).

El número entre paréntesis es una de esas cosas raras que tiene Calibre, y es el orden del libro en orden en que fue añadido a la biblioteca. Shit happens.

Pues cuando fui a mirar la carpeta en la que estaba ubicado el susodicho libro en el portátil, me encontré con esto: $HOME/Google Drive/Calibre/Arthur C. Clarke/Cuna/

Un momento… ¿Dónde coño estaba el paréntesis? Para cerciorarme miré la carpeta a través de la web, en la propia nube… Y el nombre era correcto. Es decir, la carpeta se subió con el nombre correcto desde Windows 7 a la nube, pero se bajó sin paréntesis desde la nube al Mac OS X.

Para hacer una prueba, creé una carpeta en $HOME/Google Drive/Calibre/foo (123)/, para comprobar con horror que la carpeta subía a la nube con el nombre foo. Nada de paréntesis. Y no soy el primero al que le pasa (uno, dos, tres y cuatro). Es un problema que la gente viene detectando desde abril de este año, y a estas alturas, Google todavía no lo ha arreglado.

Vamos a ver… Si un servicio de sincronización de archivos en la nube no es capaz de respetar el nombre de los ficheros, NO SIRVE.

La solución ha sido simple: mandar a la mierda Google Drive e instalar en mis equipos Microsoft SkyDrive. Lo primero que hice fue comprobar que no tenía problemas con los paréntesis en los nombres de los ficheros, y en efecto, no lo tiene. Encima, ofrece 7 GB de almacenamiento y tiene aplicación para Mac y Windows. Anoche puse los archivos a subir, y en ello anda (le quedan unos 0.7 GB por subir, y al portátil cerca de 1 GB por bajar). Con suerte, no tendré que volver a cambiar de servicio de almacenamiento.

Así que si tienen que elegir un servicio de almacenamiento en la nube que no ande tocando los cojones con los nombres de los ficheros, elijan Dropbox o Microsoft SkyDrive, pero no Google Drive. You have been warned.