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Bifurcado recursivamente desde 1974

Libros que te marcan físicamente

Y cuando digo «físicamente», no me refiero a que alguien te haya tirado un libro a la cabeza, porque, en efecto, eso podría dejarte secuelas físicas, pero difícilmente te van a entrar los contenidos del libro en la cabeza. A menos que esté lloviendo, se corra la tinta de las letras y tu cerebro esté abierto como un melón maduro, en cuyo caso es posible que tu duramadre acabe teñida de letras desvaídas. Pero no hace falta que conjuren esa imagen en su mente, ¿verdad?

Me refiero a libros que, al leer, han llegado a provocar en el lector una reacción física. No sé si el síndrome de Stendhal se aplica a la lectura de libros, pero podría valer como ejemplo.

En mi almacén de memoria tengo dos casos de libros que me produjeron una reacción física. El primer caso es El señor de los anillos. Recuerdo que la primera vez que me lo leí (y todavía me lo leería otras ocho más), al llegar al final me emocioné de una forma bastante poco viril. La migración de los elfos partiendo de los Puertos Grises fue algo que me produjo más de una y de dos lágrimas. Supongo que estaría en uno de esos momentos vulnerables.

El segundo libro, o más bien los segundos libros, que me produjeron un efecto físico perceptible, fueron Las dos después de medianoche y Las cuatro después de medianoche, libros de relatos de Stephen King. Me leí ambos seguidos, de una tacada, cuando tenía unos 15 años. Los había comprado por el Círculo de Lectores (previa sesión de ruegos a mis padres para que me dejaran dinero), y tenía ambos encima de mi mesa de noche.

No sé cuántas horas tardé en leérmelos. Sé que empecé por la tarde y acabé bien entrada la noche, y recuerdo que cuando terminé, estaba sentado con las piernas cruzadas y una manta por encima.

Y me dio fiebre.

Cuando terminé de leer los libros estaba febril, y no de una forma figurada. Tenía escalofríos, y cuando mi madre me tomó la temperatura, estaba bastante calentito. Lo suficiente como para que me pasara la noche soñando con lagolieros. Aunque probablemente hubiera acabado teniendo los mismos sueños sin fiebre, porque meterse cuatro relatos de terror entre pecho y espalda en unas pocas horas es capaz de desestabilizar a cualquiera. Máxime cuando ya eres reo de compartir celda con Abdul Alhazred.

Es probable que yo ya estuviera incubando algo, pero como me enseñó mi amigo Moi aquella noche en la que tocó una farola gritando «¡te demostraré que no soy gafe!» y de repente se produjo un apagón en todo el sur de la isla, las cosas chungas suceden.

Compulsory writing

He leído muchas veces en los hinternecs que, cuando escribes un blog personal, si no tienes ganas realmente de escribir, no lo hagas. Es decir, si escribes para ganarte unos duros, pues vale, no te queda otra. O si escribes para un blog coral donde se espera que contribuyas (aunque en tales casos, la frontera entre placer y deber se diluye bastante). Pero si tu blog es netamente personal, sólo deberías escribir cuando quisieras, y ni un segundo antes.

Solo que eso no siempre se cumple.

Si tu blog actúa como válvula de escape, como medio para no volverte majareta, como vía de salida para intentar que tu cerebro no siga mandándote señales de catástrofe inminente, no sólo es lícito, sino también deseable escribir aunque no tengas ganas. Escribir como si te fuera la vida en ello. Porque ello te fuerza a pensar en otras cosas. A centrarte. A no permitir que te rindas. A perseverar. A recordarte a ti mismo lo que quieres, a dónde quieres llegar.

Es por ello que sigo aquí. Es por ello que cada comentario que dejan ustedes es una pequeña perla, porque un blog no es nada sin los comentarios de sus lectores. Es por ello que espero poder continuar.

Y es por ello que les doy las gracias, a todos los que no me borraron de su lector de feeds y a los que entraban un día sí y otro también en el blog a ver si había escrito algo.

Son la hostia ustedes.