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Bifurcado recursivamente desde 1974

Mes: julio, 2012

Libros que te marcan físicamente

Y cuando digo «físicamente», no me refiero a que alguien te haya tirado un libro a la cabeza, porque, en efecto, eso podría dejarte secuelas físicas, pero difícilmente te van a entrar los contenidos del libro en la cabeza. A menos que esté lloviendo, se corra la tinta de las letras y tu cerebro esté abierto como un melón maduro, en cuyo caso es posible que tu duramadre acabe teñida de letras desvaídas. Pero no hace falta que conjuren esa imagen en su mente, ¿verdad?

Me refiero a libros que, al leer, han llegado a provocar en el lector una reacción física. No sé si el síndrome de Stendhal se aplica a la lectura de libros, pero podría valer como ejemplo.

En mi almacén de memoria tengo dos casos de libros que me produjeron una reacción física. El primer caso es El señor de los anillos. Recuerdo que la primera vez que me lo leí (y todavía me lo leería otras ocho más), al llegar al final me emocioné de una forma bastante poco viril. La migración de los elfos partiendo de los Puertos Grises fue algo que me produjo más de una y de dos lágrimas. Supongo que estaría en uno de esos momentos vulnerables.

El segundo libro, o más bien los segundos libros, que me produjeron un efecto físico perceptible, fueron Las dos después de medianoche y Las cuatro después de medianoche, libros de relatos de Stephen King. Me leí ambos seguidos, de una tacada, cuando tenía unos 15 años. Los había comprado por el Círculo de Lectores (previa sesión de ruegos a mis padres para que me dejaran dinero), y tenía ambos encima de mi mesa de noche.

No sé cuántas horas tardé en leérmelos. Sé que empecé por la tarde y acabé bien entrada la noche, y recuerdo que cuando terminé, estaba sentado con las piernas cruzadas y una manta por encima.

Y me dio fiebre.

Cuando terminé de leer los libros estaba febril, y no de una forma figurada. Tenía escalofríos, y cuando mi madre me tomó la temperatura, estaba bastante calentito. Lo suficiente como para que me pasara la noche soñando con lagolieros. Aunque probablemente hubiera acabado teniendo los mismos sueños sin fiebre, porque meterse cuatro relatos de terror entre pecho y espalda en unas pocas horas es capaz de desestabilizar a cualquiera. Máxime cuando ya eres reo de compartir celda con Abdul Alhazred.

Es probable que yo ya estuviera incubando algo, pero como me enseñó mi amigo Moi aquella noche en la que tocó una farola gritando «¡te demostraré que no soy gafe!» y de repente se produjo un apagón en todo el sur de la isla, las cosas chungas suceden.

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Compulsory writing

He leído muchas veces en los hinternecs que, cuando escribes un blog personal, si no tienes ganas realmente de escribir, no lo hagas. Es decir, si escribes para ganarte unos duros, pues vale, no te queda otra. O si escribes para un blog coral donde se espera que contribuyas (aunque en tales casos, la frontera entre placer y deber se diluye bastante). Pero si tu blog es netamente personal, sólo deberías escribir cuando quisieras, y ni un segundo antes.

Solo que eso no siempre se cumple.

Si tu blog actúa como válvula de escape, como medio para no volverte majareta, como vía de salida para intentar que tu cerebro no siga mandándote señales de catástrofe inminente, no sólo es lícito, sino también deseable escribir aunque no tengas ganas. Escribir como si te fuera la vida en ello. Porque ello te fuerza a pensar en otras cosas. A centrarte. A no permitir que te rindas. A perseverar. A recordarte a ti mismo lo que quieres, a dónde quieres llegar.

Es por ello que sigo aquí. Es por ello que cada comentario que dejan ustedes es una pequeña perla, porque un blog no es nada sin los comentarios de sus lectores. Es por ello que espero poder continuar.

Y es por ello que les doy las gracias, a todos los que no me borraron de su lector de feeds y a los que entraban un día sí y otro también en el blog a ver si había escrito algo.

Son la hostia ustedes.

Mi truco para no marearme en barco

Yo no sé ustedes, pero yo me mareo mucho cuando voy en barco.

Qué coño, me mareo mirando a un barco. Me mareo pensando que estoy mirando a un barco. Sufro mucho, ¿saben?

Hace años descubrí, un poco de chiripa, que si estaba en cubierta, apoyado en la barandilla, no me mareaba nada. Eso me hizo elucubrar que el truco estaba en dejarte llevar por el movimiento del barco sin oponer resistencia. Supongo que esas pequeñas bolitas hijas de puta que se encargan de nuestro sentido del equilibro bailan como locas cuando intentamos contrarrestar el movimiento del barco, pero siguen su movimiento alegremente si estamos acodados en la borda.

Por eso, los barcos con hidroala son los enemigos del pobre mareante (dícese de la persona que se marea con facilidad; me lo he inventado, coño ya). Como el Fred Olsen que va de Gran Canaria a Tenerife. En estos barcos ya no se puede estar en cubierta, supongo que debido a la velocidad que pilla el bicho (si te caes por la borda no creo que den la vuelta para recogerte), así que te tienes que quedar en la cubierta interior.

Y ahí es donde entra en juego mi truco, y no, mi truco no se llama Biodramina. Basándome en la teoría de que si tu oído interno acompaña al movimiento del barco, no te mareas, lo que yo hago cuando tengo que viajar en barco es sentarme y apoyar la cabeza en la palma de la mano… dejando la cabeza inerte (no hagan chistes sobre mi ausencia intermitente de actividad cerebral, por favor). Cuando me canso de tener la cabeza hacia un lado, la cambio al lado contrario, pero nunca dejo mi cabeza erguida, de forma que mi oído interno se dedique a contrarrestar el movimiento del barco, jodiendo mi sentido del equilibrio.

No sé si mi teoría es una mierda, aunque yo sé que me funciona. Y sí, sé que el hecho de que me funcione a mí (y a un par de amigos más) no es lo que se dice un argumento válido, pero… Si alguien tiene buena explicación a respecto, go ahead 😛

En busca del curry perdido

Perdonen que me ponga pesado con las cosas estas de los fogones, pero es que uno está en racha, ¿saben?

Como tengo el libro de Jamie Oliver Ministry of Food, me estoy volviendo loco haciendo recetas del mismo. Bueno, no sólo hago recetas de ese libro, que ancha es la red, pero sí que suelo hacer bastantes.

El caso es que mi siguiente receta es un Jalfrezi de verduras. El Jalfrezi es un tipo de curry indio que se creó para tapar el sabor de las comidas a base de vísceras de animales. Huelga decir que yo no voy a darle semejante uso. Las verduras que he comprado son fresquitas, que no se diga.

Peeeeeeeeeeeero el problema está precisamente en el curry. Necesito comprar una pasta de curry Jalfrezi (Jamie utiliza una de la marca Patak’s), y no la encuentro por ninguna parte. No me malinterpreten… Tampoco es que haya buscado mucho, pero como no estoy acostumbrado a estas cosas, no sé dónde comprarlas. Sé que en Carrefour y Mercadona no hay, así que me daré un salto al Hiperdino de Maspalomas, que creo recordar vendía pasta de curry de la marca Sharwoods.

Así pues, ¿qué me dicen los cocinillas de la isla? ¿Recomendaciones?

Y estoy hablando de Gran Canaria, así que no me vayan a recomendar esa fantástica tienda de Barcelona donde comprar especias xDD

PS Acabo de caer en la cuenta que a lo mejor tienen cosas de estas «raras» en el Marks & Spencer Food de Triana. Mm…

Yerba fresca

Yerba fresca

Yerba fresca

No hay nada como usar yerba fresca para cocinar.

Es muy fácil conseguir yerba en bote hoy en día. Vas al supermercado y tienes una cantidad de yerbas tal que nuestras madres y abuelas nunca hubieran podido imaginar. Yo, por ejemplo, soy adicto al estragón. Me chifla el estragón. Abuso del estragón.

Pero… La yerba en bote no sabe igual que la yerba fresca. Estar cocinando y coger sobre la marcha un par de hojas de albahaca de tu maceta para echarla en tu guiso es algo que hace que se te encoja el orto si te gusta la buena cocina.

Hace unas semanas me compré una planta de menta-poleo (la del centro de la foto). Iba buscando una planta de menta para una receta de guisantes a la menta de Jamie Oliver. La menta es algo que no sueles encontrar en el supermercado (al menos por estas latitudes), así que decidí buscar una planta para poder tener menta en casa cada vez que me diera el punto. Tuve suerte y encontré una tienda donde venden artículos «raros» para cocina, como cebolletas (que no es que sean tan raras, pero casi que tienes que ir a mercado para encontrarlas). Hoy me he comprado una planta de romero (a la izquierda) y otra de albahaca (a la derecha). A ver si tengo suerte y no se me echan a perder. Tengo ganas de hacer un par de recetas curiosas con estas yerbas.

Just you and me

Just you and me

Just you and me

(Re)abre tus ojos

(Re)abre tus ojos

(Re)abre tus ojos

Que alguien pare el viento

Aquella noche soplaba viento del desierto. Era uno de esos vientos de Santa Ana, tórridos y secos, que bajan por los puertos de la montaña, te revuelven el pelo, te ponen los nervios de punta y la carne de gallina. En noches así las juergas colectivas acaban siempre en peleas. Y las esposas dóciles palpan el filo del cuchillo y observan detenidamente el cuello del marido.

He encontrado esa cita un poco de chiripa en una historia de Federico Campbell sobre el viento. La cita es de Raymond Chandler y aparece en su relato Red Wind, de 1938.

Pero es que la cita viene que ni pintada.

Verán en la zona sureste de Gran Canaria, donde vivo, el viento es una constante más firme que la constante de Planck. Sopla de verano a invierno, pero sobre todo en verano. Dice la sabiduría popular que si no fuera por el viento, las temperaturas imperantes en la zona nos freirían. No seré yo el que esté en desacuerdo, pero qué quieren que les diga, el maldito viento me tiene hasta los cojones.

Tampoco sé si hay una relación directa entre el viento y la locura, pero en días como hoy tiendo a creer que dicha relación existe. Porque salir a la calle y estar a punto de caerte al suelo por una ráfaga de viento desestabiliza a cualquiera (pun intended). Por no mencionar las veces en que el viento ha estado a punto de arrancar de cuajo la puerta del coche. Y no, no estoy usando una figura poética. Hablo en sentido literal.

También podría pensarse que tener que limpiar el polvo cada dos días puede volver majareta a cualquiera. Además, el polvillo rojo que hay por la zona me da que tiene características abrasivas. Mi cerebro llora desconsoladamente ante la idea de tener que limpiar unas bolsas con cables que tengo en la azotea y que están llenas de tierra porque la puerta del cuarto de la lavadora tiene un hueco enorme por debajo (imagino que está por si se rompe la lavadora y se rebosa el agua, para que no se quede inundado el cuarto).

Y nah, que sólo quería quejarme un poco y eso xD

Vuelta a empezar

No, tranquilos, que no me voy a poner trascendental (otra vez xD). En esta ocasión voy a hablarles de mi vida… Pero no de mi vida real, sino de mi vida virtual.

Los que me conocen (y si llevan tiempo suficiente leyéndome, sabrán de qué pie cojeo) saben que los juegos que me gustan suelen ser largos.

That’s a complete understatement.

Largos no. LARGOS. LARGUÍSIMOS.

Ahora mismo tengo instalados en mi ordenador de sobremesa (bastante abandonado el pobre) varios juegos, todos de los que no se acaban precisamente en tres días: The Witcher, Grand Theft Auto IV, Prototype, S.T.A.L.K.E.R. Shadow of Chernobyl y Fallout 3.

Y es precisamente este último el que me lleva por la calle de la amargura.

Porque el problema es el siguiente: empiezas un juego de este tipo, un juego que sabes que te va a llevar bastante tiempo acabar. De hecho, al ritmo al que suelo jugar (muy de tarde en tarde), eso significa meses. Meses de juego en los que te metes en la piel del protagonista, porque si no tienes cierto grado de empatía con ese puñado de vectores y texturas que ves en pantalla, ¿para qué coño estás jugando? Pero vamos, tú te pones a jugar unos cuantos meses y avanzas bastante.

Y de repente, dejas de jugar. Porque aparece otro juego que te atrae más (cosa que me pasó con el Deus Ex: Human Revolution, o porque esa cosa llamada Vida Real™ te absorbe completamente.

Y cuando te das cuenta, quieres volver a jugar. Y he aquí la TESITURA MÁXIMA. ¿Seguir donde estabas o empezar de nuevo?

A mí me cuesta muchísimo retomar un videojuego donde lo dejé. No sé por qué, pero cuando intento seguir una partida que lleva meses detenida, es como si no reconociera las decisiones que he tomado y que han llevado a mi personaje a elegir armas pesadas en lugar de cibernética avanzada, por decir algo. Y cada vez que me ha pasado eso, me planteo empezar otra vez la partida… Con todo lo que ello supone. Porque empezar de nuevo supone pasar de nuevo por todas las decisiones que ya tomaste, calcándolas o no, hasta llegar al punto en que dejaste de jugar, pero con un nuevo bagaje.

Todavía estoy pensando qué hacer con la partida del Fallout 3… Y mientras tanto me dedico a atropellar a prostitutas en el GTA IV, pasatiempo noble donde los haya. De alguna forma tiene uno que pasar el rato, ¿no?

Mi "to-do list" de cervezas

En cierta ocasión estaba hablando con mi amigo Óliver sobre bebidas espirituosas y acabamos hablando de cerveza. En ese punto yo le dije que siempre había odiado la cerveza por su gusto amargo, pero en algún punto de mi accidentado recorrido vital le cogí el gustillo, y ahora es una de mis bebidas favoritas. Él me comentó que el gusto por la cerveza era un gusto adquirido, y razón llevaba.

Es decir, para pasar de odiar la cerveza, que es amarga como su puta madre, a idolatrarla y cogerle el puntillo en plan connoisseur, alguna experiencia traumática tiene que tener uno. Claro que también hay un montón de gente fumando como carreteros y el tabaco es asqueroso (lo sé de buena tinta; mi padre me aplicó terapia de choque).

Yo no soy un experto en cervezas. He empapado mi hígado con Tropical, Dorada, Budweiser, Leffe, Guinness, Carlsberg, Cruzcampo y Mahou, y dentro del grupo de las raritas están a Cannabia, la Desperados y la Mort Subite. Mi favorita es la Budweiser, por cierto, aunque poco a poco le voy cogiendo el gusto a la cerveza negra.

Y la cerveza, en botella, por favor. ODIO el regusto metálico de la cerveza en lata. Es asqueroso.

Dicho lo cual, el otro día recordé que tengo guardado en mis favoritos una historia de alto contenido etílico que vi hace año y medio en el blog de Sulaco, sobre el día de su cumpleaños.

Digamos que esa noche él y dos de sus amigos se metieron entre pecho y espalda una cantidad de cerveza tal que haría feliz a mi amigo Richi, el tío más esponja que he conocido en lo que a cervezas se refiere. Digamos también que de la lista de cervezas que el maestro cervecero suministró a Sulaco no hay ni una que me suene. NI UNA.

Pero qué coño, lo pinta tan bien que me he propuesto beberme todas y cada una de ellas antes de morir (o morir tomándolas, que también vale).