Mirando al pasado

por adastra

Pero literalmente, además. Enseguida (es un decir) lo explico.

Anoche estaba yo durmiendo plácidamente disfrutando de mi fase REM cuando, de repente, Gabi pegó un grito estentóreo como para despertar a medio edificio y se puso a llorar. Eso es algo que viene haciendo los dos últimos meses de forma constante, dos, tres e incluso cuatro veces en la noche.

Creo que eso consta en alguna parte como tortura.

No sé si se debió a que me sacó en plan emersión de emergencia del sueño, pero el caso es que nada más despertar mi cerebro se vio invadido por las imágenes del sueño que había estado teniendo hasta ese momento.

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No, no estaba soñando con submarinos, y en caso de haberlo hecho, seguramente hablaría alemán y sería un Fahrensmann de la Kriegsmarine o algo así. Estaba soñando con una persona cuyo nervio óptico llevaba una semana de retraso.

Piénsenlo. Estamos hablando de una persona que, al nacer, se pasó una semana viendo imágenes del útero materno. Una persona a la que todo el mundo creía ciega de nacimiento. Una persona que reaccionaba a estímulos visuales con una semana de retraso. Una persona que iba a coger ese vaso que estuvo ahí hace una semana. Una persona cuyos sentidos restantes le decían cosas que no tenían nada que ver con lo que estaba viendo con sus ojos.

Si eso fuera un superpoder, sería el superpoder más hijoputa que jamás haya existido, capaz de joderte la vida pero bien. Iba a escribir una historia corta sobre eso, pero cuanto más lo pensaba, más me deprimía, y al final he decidido compartir el germen con ustedes. Sin pulir ni hostias.

Porque como dijo alguien a quien conocí en cierta ocasión: comparte el horror.

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