Cuando me deslizo por las pendientes de mi cerebro

por adastra

Uno tiene días y días. Llevo como cosa de un par de semanas en las que, por un motivo u otro, mi cerebro no sirve ni como alimento a generadores de Matrix. Buena parte del problema viene por el inicio del curso escolar, aparte de otras actividades a las que tenemos que llevar a Claudia de forma obligatoria, lo cual no nos deja, literalmente, tiempo para nada. Y no estoy usando una figura retórica, créanme.

El caso es que cada persona tiene una forma particular de defenderse de esos ataques de realidad. No sé ustedes, pero en mi caso, cuanto más jodido estoy, más me encierro en mí mismo, en una concha recubierta de silicio y llena de ceros y unos.

Yo tengo temporadas en las que lo único de lo que tengo ganas es de ponerme a ver una película o una serie, pero en el fondo, acabo sintiéndome mal, porque las actividades pasivas no son lo mío. Sin embargo, tengo otras épocas en las que me da por embarcarme en mil y un proyectos. Llevo un tiempo así, escribiendo como un loco y haciendo mil y una filigranas en los ordenadores de casa. Ahora mismo estoy escribiendo dos artículos técnicos, programando una aplicación e instalando y configurando herramientas en mi servidor.

Y claro, dirán ustedes que de dónde coño saco el tiempo. Mírenme la cara por las mañanas cuando llego al trabajo y tendrán la respuesta.

Estas fases van y vienen, bien que lo sé. Pero no deja de resultarme curioso que la forma que tengo de defenderme de la falta de tiempo y de otros problemas sea, precisamente, embarcándome en actividades que me quitan aún más tiempo.

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