Al final de mis días

por adastra

Empecé mi vida como tantos otros de mi especie. En un momento dado era la nada (aunque hablar de momento cuando aún no tienes conciencia de ti mismo es un poco absurdo), y al momento siguiente estaba ahí, junto a tantos otros de mis hermanos y hermanas. Es más, mis hermanos y hermanas eran todos «de sangre pura». Eso marca mucho.

Cuando eres joven quieres comerte el mundo y crees que eres inmortal. Eso es un axioma, y sé que es un axioma porque en una de mis vidas estuve trabajando en una editorial y lo leí en un libro. Claro que las vidas de los de mi especie suelen ser cortas, así que hay que aprovechar al máximo todo el conocimiento que recibimos.

Mi primer destino fue en un supermercado, ayudando a la gente a cargar la compra. Mi primera reacción fue de ira. ¿En un supermercado, yo, que bien podía haber estado colaborando en la integridad estructural de alguna plataforma petrolífera del Mar del Norte? En fin…

Solo me quedaba la opción de resignarme. Después de todo, los de mi especie no teníamos manera de regir nuestros destinos. Éramos peleles a merced de los amos. Yo sabía lo que significaba la palabra «esclavitud» gracias a otro libro, pero francamente, no estaba seguro de que se nos aplicara. Las cosas siempre habían sido así, y así seguirían siendo, imaginaba.

Otro de los fallos conceptuales que solemos tener los de mi especie es el de pensar que duraremos eternamente en nuestro destino. Es cierto que algunos de nosotros duran mucho más que otros, pero los que estamos destinados a la vida familiar generalmente tenemos una vida mucho más corta. Por ello el shock de la primera muerte es siempre el peor.

Recuerdo bien aquel día. Dentro del supermercado hacía frío, como siempre, por culpa del maldito aire acondicionado. Una señora entrada en carnes y con ropa de dudoso gusto me eligió para que la ayudara con la compra. Qué remedio.

Mientras íbamos hacia su casa pensé «bueno, tampoco está esto tan mal». A fin de cuentas, estábamos hechos para servir. Pensé que, una vez allí, quizás la señora me diera alguna ocupación interesante, aunque había quien decía que éramos peligrosos para los niños. Creo que eso es una leyenda urbana.

Pero no, no era eso lo que me deparaba el destino. Aquella señora me echó de casa junto con otros de mi especie… O al menos eso creía yo. Aquellos otros hermanos hablaban una mezcolanza de lenguas tal que apenas podía entenderlos. Eso iba a cambiar pronto.

Al día siguiente pasaron los Recolectores. Aquellas figuras míticas de las que todos habíamos oído hablar, que te recogían para llevarte a una factoría donde… revivías. Eso era un hecho.

En la factoría me pusieron con un montón de hermanos y hermanas. Ninguno era de «sangre pura», como yo. Todos hablaban de cosas que yo no entendía.

En un momento pasé de la existencia a la nada. En otro momento ((aunque hablar de momento cuando aún no tienes conciencia de ti mismo es un poco absurdo, repito), la conciencia.

Pero algo había cambiado. De repente habían mil voces clamando en mi interior. ¡Ya no estaba solo! Yo era parte de un todo mayor. La sensación era… extraña. Podía sentir mi individualidad y mis recuerdos del supermercado, pero a la vez sentía las otras individualidades y recuerdos que formaban parte de mí.

A partir de aquel momento comenzó mi periplo, comenzaron mis múltiples vidas. Formé parte de estructuras de fontanería, estuve implicado en el desarrollo de armazones de coches, estuve otra vez en un supermercado.

Durante aquellos años aprendí que había callejones sin salida. Podías perderte por ahí, lejos de los Recolectores, o podía ser que tus dueños decidieran que no eras digno de vivir otra vida, con lo que acababas tus días pudríendote lentamente, viendo cómo los demás se desintegraban a tu alrededor. Incluso me dijeron en una ocasión que algunos de mis congéneres acababan flotando en el Pacífico, a merced de los peces, en una enorme comuna donde no había nada que hacer en todo el día, salvo flotar.

Pero en cierto modo tuve suerte. Una y otra vez me recogieron los Recolectores. Una y otra vez morí para volver a la vida, fusionándome y separándome de múltiples personalidades a las que aprendí a apreciar como si fueran yo mismo.

Sin embargo, la suerte no dura eternamente. Muchos años después de mi nacimiento me destinaron a una obra. Mi cometido era simple: proteger material de construcción. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de que había una cosa llamada «crisis del ladrillo», ni de que esa cosa me pudiera afectar. Lo único que supe es que, un buen día, los trabajadores dejaron de acudir a la obra. Tiempo después llegaron unos señores que se llevaron la maquinaria y parte del material. Pero a mí no, a mí me dejaron allí, expuesto a la intemperie. Y yo cumplí con mi deber, estoico, como me habían enseñado.

Pasaron las semanas, los meses. Pasó un año, y yo me sentía cada vez más gastado. La lluvia y el sol empezaban a hacer mella en mí. Me notaba… rasgado.

Hasta que un buen día no pude más. Tiré la toalla. Hacía tiempo que era consciente de que nadie iba a aparecer por allí para llevarme a los Recolectores. Extrañamente, aceptar ese hecho me trajo serenidad, lo cual me ayudó a dejarme ir.

Y eso hice.

Al final de mis días, una ráfaga de viento me arrancó de mi puesto. No opuse resistencia. Me dejé llevar, suavemente, flotando en el aire, ligero como una pluma.

Al final de mis días acabé enganchado a un árbol. Sin pretenderlo, acabé anclado, sin fuerzas para desenredarme, sin fuerzas para que me importara.

Allí estoy desde entonces. Encerrado y abandonado, solo, meciéndome al viento.

Al final de mis días.

Al final de sus días solo le restaba mecerse al viento

Al final de sus días solo le restaba mecerse al viento

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