Cero grados, ni frío ni calor

por adastra

Quien más, quien menos, los que me leen por cualquiera de los canales en los que habitualmente vomito paridas, sabrán que me he comprado recientemente un MacBook Pro, condenando mi alma a una eternidad de tormentos. Eso sí, tormentos con un diseño cojonudo, que no se diga.

Desde que tomé la decisión de comprar el Mac hasta hoy han pasado casi dos años, y es que como comenté en una ocasión, suelo poner todos mis impulsos consumistas en cuarentena a ver si resisten. Si, pasado un cierto tiempo, se convierten en tema recurrente, tienen todas las papeletas para que les preste toda mi atención.

Suelto todo esto porque me he dado cuenta, después de comprar el Mac, que me pasa una cosa curiosa: me he descubierto muchas veces procurando no entusiasmarme demasiado, como si cualquier comentario elogioso que pudiera soltar sobre el Mac me convirtiera automáticamente en un fanboy. Verán, si uno fuera maniqueísta, dividiría el mundo en mac haters y mac fanboys. Aunque, como ustedes saben, de todo hay en la viña de Satanás. Yo siempre he pensando que soy una persona pragmática, así que utilizo las herramientas más apropiadas según mis gustos y/o necesidades.

Así puestos, en casa tengo un ordenador con Windows 7 que me sirve para jugar y tratar fotografías (aunque esto último cambiará con el Mac, si es que puedo comprar el Aperture de una puta vez). Tengo un servidor con Linux Mint (aunque me arrepiento de no haberle puesto de entrada un Arch Linux, pero ahora no estoy como para cambiarlo con todo lo que he hecho) que va de vicio para mantener mis descargas y mis servicios de juegos dedicados para los hamijos. Y luego tengo el MacBook Pro con Mac OS X 10.7 Lion para escribir historias en el blog, ver películas y, en general, llevar mi vida digital al día.

No creo que nadie pueda acusarme de linuxero, de amante de Microsoft o de sucio maquero. O, más bien, podrían acusarme de todas esas cosas a la vez. Lo cual desvirtúa un tanto la fuerza de los insultos xD

Es posible que ustedes hayan leído In the Beginning Was the Command Line, un ensayo escrito por Neal Stephenson en 1999 sobre las metáforas de uso que ofrecían los diferentes sistemas operativos de la época. El ensayo está completamente obsoleto (de hecho, en cuanto Apple lanzó Mac OS X, Neal Stephenson se pasó a Mac con armas y equipos), pero da una idea de lo antigua que es la lucha entre los diferentes modelos de entender lo que debe ser un sistema operativo.

Yo no soy exactamente el tipo de usuario promedio (mi colega Aritz me llamaba «usuario altamente customizador», sabiendo que la última palabra nos horrorizaba a ambos), así que mi impresión sobre Mac OS X supongo que diferirá de aquellas personas que hagan más trabajo de andar por casa. Ya les digo que la mitad de las cosas que he hecho en el MacBook han sido a través de la terminal de órdenes. En general, tengo la impresión de estar trabajando con un Linux especialmente robusto y bien diseñado.

Así puestos, estoy intentando revisar mis procesos mentales (cosa que hago a menudo, no crean), para intentar ser lo más objetivo posible en mi valoración del sistema, y no quedarme en una postura que, de tan neutral, resulta totalmente forzada (de ahí el título de la historia). Después de todo, que me acusen de fanboy es algo que debería importarme lo mismo que un culo de camello en celo. Aunque no dudo que haya zonas del planeta en las que un culo de camello en celo sea objeto de la máxima atención. Sobre todo si llevas mucho tiempo viviendo en la abstinencia sexual más abyecta.

Pregúntenme dentro de un par de semanas si eso.

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