Abandono

por adastra

De vez en cuando, muy de vez en cuando, se levanta uno de un humor extraordinario que, casualmente, coincide con la meteorología, que acompaña. Hoy, al menos en Gran Canaria, hace uno de esos días magníficos, con una temperatura suave y agradable, cielo azul y algunas pocas nubes en lontananza.

De todas formas, aunque no hubiera pensado en ello de forma consciente, la cantidad de suspiros-por-minuto que iba soltando de camino a casa de mis suegros hubiera resultado completamente significativa.

Al poco de llegar y tras sufrir el proceso típico según el cual mis suegros nos ignoran completamente a Noli y a mí para hacerle carantoñas a los nietos (después de cuatro años y medio lo tengo más que asumido, créanme), nos pusimos un rato en la azotea de la casa para tomar el sol. Al poco tiempo se fueron todos y me dejaron en la azotea con la mirada perdida, cavilando.

Y aproveché para hacer algo que hace mucho tiempo que no hacía. De hecho, la última vez fue conduciendo en el coche, lo cual no es precisamente lo más apropiado. Por seguridad y tal. Y ahora que me fijo, joder, hace dos años y medio de eso.

Les decía que me tendí cuan largo era en la azotea, cogiendo sol. Y les diría que pensando en nada, pero sería mentira, porque estaba componiendo esta historia en la cabeza ^^

Desde que nació la niña, en febrero de 2007, la palabra relax no entra en mi vocabulario. No es que me queje… Bueno, mentira, sí que me quejo, en ocasiones. Pero es algo que va con el paquete, como digo yo. Normalmente tengo de mañana a noche el rádar activado, en busca de KITs, o lo que es lo mismo, Kids’ Integrity Threats. Como me dijo en una ocasión José Frechin, los niños se las arreglan para, al entrar en cualquier habitación aparentemente segura, encontrar cualquier fuente potencial de problemas en los próximos 10 segundos. Y explotarán ese conocimiento. A fondo, añado yo.

Por cierto, y como side note, Gabi es un hacha buscando problemas. En eso «aventaja» a la hermana, créanme.

Así pues, las ocasiones en las que realmente puedo relajarme sin pensar en nada, son más bien escasas. Y no exagero cuando les digo que la última vez antes de hoy fue aquella en el coche (que ya manda cojones).

Pero no se trata solo de los niños. Se trata del ritmo loco de vida que llevamos. A veces, si nos paráramos a pensar en lo que hemos hecho en la última semana nos daríamos cuenta de lo aberrantes que pueden llegar a ser nuestras vidas.

Tirado ahí arriba, en la azotea, he intentado poner un poco en orden mis ideas, aclarando el torbellino que tengo en los últimos tiempos, y he tomado un par de decisiones importantes. Pero no diré cuáles son, más que nada porque prefiero que se noten sus efectos, en lugar de hablar de ellos.

Hoy es un buen día.

Anuncios