¿Y dónde está el acensor espacial?

por adastra

Hubo un tiempo en que leía con avidez todo lo que caía en mis manos que tuviera relación con los programas espaciales de los Estados Unidos y de la Unión Soviética primero, y de Rusia después. Supongo que, como tantos otros chavales, la épica de la exploración espacial me encandilaba. Por otro lado, siempre he sido adicto a la ciencia ficción hard, de la cual Isaac Asimov o Arthur C. Clarke eran buenos exponentes.

La ciencia ficción hard se distingue precisamente por intentar ser rigurosa en sus planteamientos científicos. Hay gente que coge unas perretas del copón cuando les digo que, en realidad, la saga Star Wars no es de ciencia ficción. Más bien es una saga de fantasía con toques tecnológicos (a no ser que haya algo en el universo expandido que desmonte esa idea, pero yo me refiero a las películas).

Así, nos encontramos en la ciencia ficción de línea dura con conceptos hipotéticos pero, por otro lado, plausibles. Uno de esos conceptos es el del ascensor espacial que da título a esta historia. Yo tengo la novela Las fuentes del paraíso, de Arthur C. Clarke, en la que se hace mención del concepto por vez primera. La idea original partió del físico ruso Konstantín Tsiolkovski, y su formulación práctica fue obra del ingeniero ruso Yuri Artsutanov.

Tanto hablar de los hijos de la Gloriosa Madre Rusia me está produciendo una erección importante.

El concepto de ascensor espacial es simple (su construcción es otro tema). Se trata de mantener una estación espacial en órbita geosincrónica a unos 36.000 kilómetros de la Tierra, anclada a ésta mediante un cable que estaría fijado en el ecuador para reducir la tensión sobre el cable debido a la rotación del planeta. Los costes de enviar cargas entre la estación y la Tierra serían mínimos, y el coste de mantenimiento sería, en teoría, una fracción de lo que costaría poner cargas en órbita mediante cohetes.

El concepto no es nuevo, ciertamente. La formulación en términos de ingeniería tiene más de 50 años, y aunque es cierto que la tecnología necesaria está empezando a despuntar en la última década (nanotecnología, esencialmente), no es menos cierto que el concepto parece haber sido olvidado por completo por cualquier agencia espacial. Especialmente por la NASA, que es la que ha llevado la voz cantante en los últimos tiempos.

Suelto toda esta parrafada por un motivo concreto, no crean. Voy a hacer un pequeño quiebro, pero ustedes están acostumbrados, ¿verdad? Vamos a ir al programa de transbordadores estadounidense. La primera misión del programa de transbordadores estadounidense fue la STS-1, llevada a cabo por el Columbia, el 12 de abril de 1981.

La última misión del programa de transbordadores ha tenido lugar el 8 de julio de este año, la STS-135, protagonizada por el Atlantis.

Treinta años y 135 misiones. Y quizás hayan pensado alguna vez, como yo, que en realidad lo de los transbordadores no era para tanto. Les aseguro que la entrada en la órbita de Saturno de la sonda Cassini-Huygens el 1 de julio de 2004 fue para mí mucho más emocionante (aparte de que tengo un amigo trabajando en la ESA que estuvo implicado en el lanzamiento; hola Edu :))

Ahora unamos las dos líneas de pensamiento que tenemos abiertas. Por un lado, tenemos un programa espacial de transbordadores que, además de espantosamente caro, nunca fue capaz de cumplir los objetivos que había puesto sobre la mesa (los transbordadores tenían que ser, básicamente, mulos de carga baratos y fiables). Por otro lado tenemos conceptos como el del ascensor espacial, entre muchos otros, que se hubieran beneficiado de generosas inyecciones de presupuesto. Inyecciones que, por supuesto, no existían.

¿Ven a dónde quiero ir a parar?

Soy el primero que tiene una visión romántica de la exploración espacial en plan to boldly go where no man has gone before, pero hay que reconocer que, puestos a explorar el cosmos, mejor le dejamos el trabajo a las sondas, como han demostrado fenomenalmente la Spirit y la Opportunity.

Dicho esto, tiendo a estar de acuerdo con dos visiones que me he encontrado estos días sobre el programa de transbordadores estadounidense. Una es de mi paisano pjorge hablando del fracaso del transbordador (así, sin pañitos calientes). La otra es un tirón de orejas en toda regla al público en general (por exceso de romanticismo) titulada How to Avoid Repeating the Debacle That Was the Space Shuttle. Les recomiendo su lectura, estén de acuerdo o no, porque no tienen desperdicio.

En el fondo, tiene gracia que ahora la NASA tenga que ir a lomos de la Роскосмос para conseguir sus objetivos.

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