El agradable olor de la lluvia

por adastra

Los que me conocen saben que odio el verano con toda mi podrida alma. Sé que es parte de la naturaleza humana el no estar conforme con lo que se tiene (bueno, hay de todo, como en botica), pero si tuviera que irme a vivir en un sitio, por mera tendencia estadística, diría que me sentiría a gusto cerca del Círculo Polar Ártico.

Hasta que empezara a nevar durante 10 meses al año, claro. Entonces seguro que me sentía como el tipo aquel que pasó de hablar de nieve a hablar de mierda blanca.

En cualquier caso, esta mañana salí de mi casa, en Mordor, como habitualmente. Hacía un viento de cojones, como casi cada puto día del año, y el aire se notaba seco. Sin embargo, al aproximarme a la zona de Telde, oh maravilla, de repente el cielo se cubrió con unos nubarrones negros como el sobaco de Nyarlathotep.

En esto que veo que está lloviendo. Una lluvia fina, ligera, ¡pero llueve!

Me entraron ganas de salir del coche en pelotas para bailar la danza de la lluvia en retarded, pero me contuve. Tengo una reputación que mantener. E hijos.

No es que de repente haga frío aquí en Las Palmas, pero qué coño, ir caminando por ahí viendo los reflejos de los edificios en los charcos de agua me ha levantado el ánimo. Lástima que esto sea tan solo un espejismo antes de que el verano apriete las clavijas.

Aclaración para los foráneos: cuando decimos que Gran Canaria (bueno, las islas Canarias en general) tiene microclima, no lo decimos en balde. En verano es una delicia trabajar en Las Palmas por la «panza de burro», una capa de nubes semipermanente producida por los vientos alisios. Mientras tanto, el resto de la isla se fríe a fuego lento. Evidentemente, los que viven en Las Palmas no suelen opinar como yo.

Anuncios