Bautismo

por adastra

El sol caía a plomo sobre las piedras de la explanada. Más de 1.000 aspirantes se mantenían inmóviles, la vista al frente. Los únicos sonidos procedían del viento, de las moscas y de algún ocasional y casi imperceptible movimiento de las personas congregadas allí.

Yo era uno de ellos. Allí estaba yo, tras años de penalidades y sufrimiento, pero también de esperanza, de ilusión. Llegué allí, a la Ciudad Sagrada, con lo puesto, con una túnica sucia y polvorienta y un odre con agua sucia casi vacío. Y eso que, en aquel entonces, todavía podía decirse que los caminos eran relativamente seguros. Ahora ni siquiera eso. Si no te mataban las tierras calcinadas, te mataban los bandidos que proliferaban en la desgracia como las moscas en la mierda.

El sudor me corría por la cara, mojaba mi pecho, empapaba mis manos. Miré hacia abajo subrepticiamente. Se suponía que teníamos que ignorar el instrumento de bautizo hasta el momento preciso, pero como me había confesado alguno de los sacerdotes más viejos, era francamente difícil resistir la llamada del instrumento de poder del Dios. Pesados hueso y metal que se amoldaban a mi mano como si siempre hubieran formado parte de ella. Eso estaba bien.

Los instructores nos habían dicho que, en los momentos previos al bautismo, pensáramos en la gloria que nos aguardaba. En las mujeres que se nos abrirían como fruta madura cuando recorriéramos los caminos esparciendo la semilla del Dios.

Sin embargo, era difícil no pensar en lo mal que estaban las cosas. Cosechas agostadas, ni una gota de lluvia en años, pueblos abandonados porque sus habitantes habían muerto hace tiempo, ciudades repletas de viejos que hablaban de tiempos mejores.

Pero ni un niño. Ni un solo niño.

¿Por qué el Dios nos castigaba de esa manera? ¿Por qué cada vez nacían menos niños? Cuando moría un viejo no había un joven para reemplazarlo. En aquellas circunstancias, cada nacimiento era celebrado como un milagro.

Se cuenta que cuando la Maldición cayó sobre nosotros, el Dios habló al Santo Padre Primero y le instruyó en el secreto del bautismo. Tan desesperados estaban los gobernantes en aquel entonces, que accedieron a abolir la monogamia. Cualquier hombre podía tomar cualquier mujer. Todo con tal de que nacieran niños.

Y nosotros, futuros sacerdotes del Dios, éramos los elegidos, los favoritos, los que esparcíamos nuestra semilla para repoblar la tierra. En nuestros hombros quedarían depositadas las esperanzas de una humanidad envejecida y moribunda. A medida que el mundo moría, la gente acudía en masa a la Ciudad Sagrada para abrazar el sacerdocio. Hordas de sacerdotes recorriendo el mundo, llevando la semilla del Dios a cualquier mujer, lo quisiera o no. El mundo se moría, sus deseos no importaban.

De repente, él estaba allí. En la cima de la pirámide estaba el Sumo Sacerdote, desnudo como cuando vino al mundo. Solo adornaba su cabeza un tocado de plumas. En una mano sostenía un báculo. En la otra su instrumento de bautizo.

El Sumo Sacerdote era parco en palabras, me habían dicho. Los instructores más procaces decían que su polla hablaba por él. Miles de mujeres habían recibido la gracia del Dios a través de su sagrada polla, decían. Yo me había prometido a mí mismo no hablar nunca como ellos. Estábamos ante el representante del Dios en nuestro mundo, aquel que llevaba más de 100 años esparciendo su semilla, primero por los caminos, y luego en la fresca penumbra del templo, cuando se hizo demasiado mayor para recorrer el mundo. ¿Quién era yo para hablar de él con semejante falta de respeto?

Todos nos enderezamos como un solo hombre. En aquel momento fuimos más conscientes que nunca del instrumento de bautizo en nuestras manos. Rogué al Dios que me diera fuerzas para no errar en mi propia ceremonia de bautismo. Los que fallaban se condenaban a sí mismos a muerte, pero lo peor era la deshonra, el saber que habías fallado a tu Dios en la sagrada misión de repoblar el mundo.

El Sumo Sacerdote permanecía inmóvil en la cima de la pirámide. El viento ardiente agitaba su tocado de plumas. Entonces, levantó el báculo.

Solo dijo dos palabras. Palabras que conocíamos muy bien, que esperábamos con anhelo, con ansiedad, con esperanza. Eran las palabras que daban la señal para que procediéramos a nuestro propio bautizo ante los ojos del Dios.

Dulces palabras.

¡CASTRACIÓN, YA!

Agarré mis testículos con una mano mientras con la otra los rebanaba como me habían enseñado. La navaja de barbero, del mejor acero, afilada y vuelta a afilar tres veces al día, como correspondía, no me defraudó. Corté limpiamente, tomé mis testículos y los ofrecí al Dios con un grito de alegría, de éxtasis. La sangre corría por mis muslos, pero sabía que los hermanos ya ordenados restañarían el corte. Ya corrían entre nosotros atendiendo a los que seguíamos en pie. Los que habían caído al suelo no merecían otra cosa que morir desangrados.

Mi misión esperaba. Mi semilla estaba lista.

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