Con la homeopatía hemos topado

por adastra

No creo que haga falta que lo diga, pero ya se imaginarán que uno es de natural escéptico. Ese rasgo de carácter siempre trajo de cabeza a mis padres, porque nunca he aceptado las cosas porque sí.

No es que no me hayan colado goles a lo largo de mi vida, pero a medida que uno se aproxima a los 40 y piensa a menudo en aquello de «tanto gilipollas y tan pocas balas» que decía Ford Fairlane, se le agudiza el sentido crítico.

Hoy, por circunstancias que no vienen al caso, me he topado con una de esas situaciones que, de entrada, no sabes bien cómo resolver, pero que no puedes dejar pasar sin hacer algo. Al menos yo no puedo.

Una persona que me cae muy bien me dijo que tenía un dolor de cabeza de tres pares de cojones, ante lo cual le recomendé ibuprofeno, que suele ser efectivo. Esta persona me dijo que no podía porque estaba tomando medicamentos homeopáticos y le habían prohibido tomar cualquier otro tipo de medicamento que no fuera homeopático.

En ese momento se me dispararon todas las alarmas con el rótulo de «¡ESTAFA INCOMING!». La cuestión es que no tenía ganas de ponerme a polemizar, máxime cuando esta persona es una víctima en realidad.

Como notó mi curiosidad, sacó un botecito con unas pastillas esféricas pequeñas que ponía «NATRUM MANT». Coño, ¿no es natrium «sodio» en latín? A ver si va a ser… En fin, el botecito era idéntico a uno de los de color violeta que aparece en esta página sobre medicina homeopática.

La cuestión era, ¿qué hacía? No quería meterme donde nadie me llamaba, pero pensé que tampoco era justo dejarlo pasar sin darle mi opinión al respecto (bastante modulada para no parecer un cafre, eso sí). Le conté por qué la homeopatía es una estafa, y le dije que, normalmente, cuando te mandan un medicamento, no te dicen que no te puedas tomar ningún otro. Oiga, los cuadros de incompatibilidades están para algo.

Por supuesto, su respuesta fue de manual: esto ha conseguido curarme (cosa que no consiguió la «medicina tradicional», añadió). En ese momento tasqué el freno y pasé de explicarle el efecto placebo, porque la gente suele tomárselo mal, como si les estuvieras llamando mentirosos. Lo que sí hice fue incidir en algo muy simple: ¿por qué diablos no se iba a poder tomar un calmante por el hecho de estar tomando otro medicamento homeopático? ¿No le resultaba sospechoso que, huy mira tú por dónde, tenía que comprar hasta las pastillas para el dolor de cabeza en la farmacia homeopática esa?

Seguimos hablando un rato de dolencias del estómago (el omeprazol y yo somos amigos íntimos; me entretengo llamando a cada pastillita por su nombre cada vez que compro una caja, puta Helicobacter pylori), y le prometí que buscaría información sobre lo que se estaba tomando.

Y ya ven ustedes lo que he encontrado: está tomando cloruro de sodio, oligoelemento, qué digo, metaoligoelemento por lo rarísimo que es, más conocido como sal común.

Soy de los que opinan que hay que luchar contra la ignorancia en cada ocasión, y lo de ignorante no va en sentido peyorativo. Pero a veces te descorazonas viendo lo fácil que lo tienen cuatro hijoputas con los males ajenos, dispuestos a aprovechar el desconocimiento de la gente para hacer su agosto.

PS Soy consciente de que es perfectamente posible que reciba unos cuantos comentarios, um, airados. Ya me he puesto el traje HEV y he cogido la patacabra, por si acaso.

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