En mi cabeza, todas las posadas son iguales

por adastra

Si hay un lugar común en todas las novelas de fantasía épica, es la posada. Quien más, quien menos, daría su pene derecho por probar las patatas[1] picantes de Otik en la posada «El último hogar» de Solace, en las ramas de un vallenwood.

Pues hoy, leyendo Festín de cuervos (nota mental: lee más lento, coño, que todavía no ha salido A Dance with Dragons), tuve una revelación súbita. Claro que, quizás fue provocada por el solajero que hay en Las Palmas y que me tiene el seso medio reblandecido.

Me di cuenta, decía, de que cada vez que sale una posada en un libro, me la imagino de la misma manera: mesas redondas llenas de mugre con gente malcarada que te mira fijamente nada más entrar, con el hogar de la chimenea a la derecha, unas escaleras estrechas a la izquierda, al lado del mostrador, que está al fondo, flanqueado por enormes barricas para las libaciones de los parroquianos. Y el posadero, invariablemente, es gordo, sudoroso, lleva delantal, pantalón negro, tiene bigotes a lo Tejero y está mal afeitado.

Para mí ha sido un jodido shock. Llevo leyendo fantasía épica desde hace un huevo de años (debería decir «desde hace más de 20 años», pero cuando pienso en lo que implica realmente esa frase, me entran unas ganas locas de mandar a tomar por culo el mundo y afirmar seriamente que me apesta la vida, así que paso). Creo que mi primer libro de fantasía épica fue El retorno de los dragones, de las Crónicas de la Dragonlance. Anda que no he tenido ocasión de visitar posadas en este tiempo.

Y joder, todas son iguales en mi cabeza.

[1] Sí, sé que en canario debería decir «papas» en lugar de «patatas», pero qué cojones, en mi cabeza son «las patatas picantes de Otik», así que así es como debe ser 😛

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