Instintos atávicos en medio de la noche

por adastra

Lo más probable es que la mayoría de mis lectores, entes de mente sucia, haya pensado en según-qué-cosas al leer el título. Pero créanme, nada más lejos de mis virginales intenciones.

Noli tiene una costumbre curiosa. No es que sea sonámbula, pero sí suele decirme incoherencias atroces cuando navega por las procelosas aguas que se sitúan entre el sueño profundo y la vigilia. Hay ocasiones en las que me suelta barrabasadas tan gordas que me da por pensar que Nyarlathotep ha venido finalmente a buscarme por nombrarlo en vano. Es una de esas situaciones en los que desaparecen tus huevos, temes por tu vida, y notas cómo el esfínter se te encoge hasta formar un pale brown dot.

Me flagelaré con un látigo que tenga astrágalos en las puntas, como penitencia.

Llevaba un tiempo queriendo devolverle la pelota, pero normalmente nos acostamos con un nivel de cansancio tan espantoso que mi ingenio, que no se ha dado cuenta de que ya estoy acostado, está todavía en la cocina cenando.

Pero anoche, fruto de una neurona rota o algo así, le espeté cuando apagamos la luz:

Cariño, mañana mato un par de mamuts, los desuello y te abrigo con las pieles humeantes de sangre y grasa.

El «¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEEE?!» que soltó fue de lo más satisfactorio, y más satisfactorio aún fue que se espabilara como reacción a la chorrada totalmente inesperada que acababa de soltarle.

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