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Bifurcado recursivamente desde 1974

Mes: junio, 2011

Bautismo

El sol caía a plomo sobre las piedras de la explanada. Más de 1.000 aspirantes se mantenían inmóviles, la vista al frente. Los únicos sonidos procedían del viento, de las moscas y de algún ocasional y casi imperceptible movimiento de las personas congregadas allí.

Yo era uno de ellos. Allí estaba yo, tras años de penalidades y sufrimiento, pero también de esperanza, de ilusión. Llegué allí, a la Ciudad Sagrada, con lo puesto, con una túnica sucia y polvorienta y un odre con agua sucia casi vacío. Y eso que, en aquel entonces, todavía podía decirse que los caminos eran relativamente seguros. Ahora ni siquiera eso. Si no te mataban las tierras calcinadas, te mataban los bandidos que proliferaban en la desgracia como las moscas en la mierda.

El sudor me corría por la cara, mojaba mi pecho, empapaba mis manos. Miré hacia abajo subrepticiamente. Se suponía que teníamos que ignorar el instrumento de bautizo hasta el momento preciso, pero como me había confesado alguno de los sacerdotes más viejos, era francamente difícil resistir la llamada del instrumento de poder del Dios. Pesados hueso y metal que se amoldaban a mi mano como si siempre hubieran formado parte de ella. Eso estaba bien.

Los instructores nos habían dicho que, en los momentos previos al bautismo, pensáramos en la gloria que nos aguardaba. En las mujeres que se nos abrirían como fruta madura cuando recorriéramos los caminos esparciendo la semilla del Dios.

Sin embargo, era difícil no pensar en lo mal que estaban las cosas. Cosechas agostadas, ni una gota de lluvia en años, pueblos abandonados porque sus habitantes habían muerto hace tiempo, ciudades repletas de viejos que hablaban de tiempos mejores.

Pero ni un niño. Ni un solo niño.

¿Por qué el Dios nos castigaba de esa manera? ¿Por qué cada vez nacían menos niños? Cuando moría un viejo no había un joven para reemplazarlo. En aquellas circunstancias, cada nacimiento era celebrado como un milagro.

Se cuenta que cuando la Maldición cayó sobre nosotros, el Dios habló al Santo Padre Primero y le instruyó en el secreto del bautismo. Tan desesperados estaban los gobernantes en aquel entonces, que accedieron a abolir la monogamia. Cualquier hombre podía tomar cualquier mujer. Todo con tal de que nacieran niños.

Y nosotros, futuros sacerdotes del Dios, éramos los elegidos, los favoritos, los que esparcíamos nuestra semilla para repoblar la tierra. En nuestros hombros quedarían depositadas las esperanzas de una humanidad envejecida y moribunda. A medida que el mundo moría, la gente acudía en masa a la Ciudad Sagrada para abrazar el sacerdocio. Hordas de sacerdotes recorriendo el mundo, llevando la semilla del Dios a cualquier mujer, lo quisiera o no. El mundo se moría, sus deseos no importaban.

De repente, él estaba allí. En la cima de la pirámide estaba el Sumo Sacerdote, desnudo como cuando vino al mundo. Solo adornaba su cabeza un tocado de plumas. En una mano sostenía un báculo. En la otra su instrumento de bautizo.

El Sumo Sacerdote era parco en palabras, me habían dicho. Los instructores más procaces decían que su polla hablaba por él. Miles de mujeres habían recibido la gracia del Dios a través de su sagrada polla, decían. Yo me había prometido a mí mismo no hablar nunca como ellos. Estábamos ante el representante del Dios en nuestro mundo, aquel que llevaba más de 100 años esparciendo su semilla, primero por los caminos, y luego en la fresca penumbra del templo, cuando se hizo demasiado mayor para recorrer el mundo. ¿Quién era yo para hablar de él con semejante falta de respeto?

Todos nos enderezamos como un solo hombre. En aquel momento fuimos más conscientes que nunca del instrumento de bautizo en nuestras manos. Rogué al Dios que me diera fuerzas para no errar en mi propia ceremonia de bautismo. Los que fallaban se condenaban a sí mismos a muerte, pero lo peor era la deshonra, el saber que habías fallado a tu Dios en la sagrada misión de repoblar el mundo.

El Sumo Sacerdote permanecía inmóvil en la cima de la pirámide. El viento ardiente agitaba su tocado de plumas. Entonces, levantó el báculo.

Solo dijo dos palabras. Palabras que conocíamos muy bien, que esperábamos con anhelo, con ansiedad, con esperanza. Eran las palabras que daban la señal para que procediéramos a nuestro propio bautizo ante los ojos del Dios.

Dulces palabras.

¡CASTRACIÓN, YA!

Agarré mis testículos con una mano mientras con la otra los rebanaba como me habían enseñado. La navaja de barbero, del mejor acero, afilada y vuelta a afilar tres veces al día, como correspondía, no me defraudó. Corté limpiamente, tomé mis testículos y los ofrecí al Dios con un grito de alegría, de éxtasis. La sangre corría por mis muslos, pero sabía que los hermanos ya ordenados restañarían el corte. Ya corrían entre nosotros atendiendo a los que seguíamos en pie. Los que habían caído al suelo no merecían otra cosa que morir desangrados.

Mi misión esperaba. Mi semilla estaba lista.

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Con la homeopatía hemos topado

No creo que haga falta que lo diga, pero ya se imaginarán que uno es de natural escéptico. Ese rasgo de carácter siempre trajo de cabeza a mis padres, porque nunca he aceptado las cosas porque sí.

No es que no me hayan colado goles a lo largo de mi vida, pero a medida que uno se aproxima a los 40 y piensa a menudo en aquello de «tanto gilipollas y tan pocas balas» que decía Ford Fairlane, se le agudiza el sentido crítico.

Hoy, por circunstancias que no vienen al caso, me he topado con una de esas situaciones que, de entrada, no sabes bien cómo resolver, pero que no puedes dejar pasar sin hacer algo. Al menos yo no puedo.

Una persona que me cae muy bien me dijo que tenía un dolor de cabeza de tres pares de cojones, ante lo cual le recomendé ibuprofeno, que suele ser efectivo. Esta persona me dijo que no podía porque estaba tomando medicamentos homeopáticos y le habían prohibido tomar cualquier otro tipo de medicamento que no fuera homeopático.

En ese momento se me dispararon todas las alarmas con el rótulo de «¡ESTAFA INCOMING!». La cuestión es que no tenía ganas de ponerme a polemizar, máxime cuando esta persona es una víctima en realidad.

Como notó mi curiosidad, sacó un botecito con unas pastillas esféricas pequeñas que ponía «NATRUM MANT». Coño, ¿no es natrium «sodio» en latín? A ver si va a ser… En fin, el botecito era idéntico a uno de los de color violeta que aparece en esta página sobre medicina homeopática.

La cuestión era, ¿qué hacía? No quería meterme donde nadie me llamaba, pero pensé que tampoco era justo dejarlo pasar sin darle mi opinión al respecto (bastante modulada para no parecer un cafre, eso sí). Le conté por qué la homeopatía es una estafa, y le dije que, normalmente, cuando te mandan un medicamento, no te dicen que no te puedas tomar ningún otro. Oiga, los cuadros de incompatibilidades están para algo.

Por supuesto, su respuesta fue de manual: esto ha conseguido curarme (cosa que no consiguió la «medicina tradicional», añadió). En ese momento tasqué el freno y pasé de explicarle el efecto placebo, porque la gente suele tomárselo mal, como si les estuvieras llamando mentirosos. Lo que sí hice fue incidir en algo muy simple: ¿por qué diablos no se iba a poder tomar un calmante por el hecho de estar tomando otro medicamento homeopático? ¿No le resultaba sospechoso que, huy mira tú por dónde, tenía que comprar hasta las pastillas para el dolor de cabeza en la farmacia homeopática esa?

Seguimos hablando un rato de dolencias del estómago (el omeprazol y yo somos amigos íntimos; me entretengo llamando a cada pastillita por su nombre cada vez que compro una caja, puta Helicobacter pylori), y le prometí que buscaría información sobre lo que se estaba tomando.

Y ya ven ustedes lo que he encontrado: está tomando cloruro de sodio, oligoelemento, qué digo, metaoligoelemento por lo rarísimo que es, más conocido como sal común.

Soy de los que opinan que hay que luchar contra la ignorancia en cada ocasión, y lo de ignorante no va en sentido peyorativo. Pero a veces te descorazonas viendo lo fácil que lo tienen cuatro hijoputas con los males ajenos, dispuestos a aprovechar el desconocimiento de la gente para hacer su agosto.

PS Soy consciente de que es perfectamente posible que reciba unos cuantos comentarios, um, airados. Ya me he puesto el traje HEV y he cogido la patacabra, por si acaso.

Je ne suis ni cinéphage ni cinéphile

El otro día vi la tira cómica xkcd titulada Connoisseur, y como suele pasar con xkcd, el humor de la tira destila mala leche por los cuatro costados, por lo que cuentan con mi egregia aprobación.

Curiosamente, eso me llevó, gracias a otra cosilla que encontré, a una vieja cuestión que siempre he discutido con mis amigos: la diferencia entre cinefilia y cinefagia, y el hecho de que hay algunas personas en el primer grupo que aprovechan la mínima para disertar sobre increíbles matices que parece que solo ellos son capaces de percibir en una película.

Etimológicamente la diferencia está clara: amor por el cine frente a deglución compulsiva de cine. Normalmente se considera que ambos términos son opuestos, pero quizás hay quien podría afirmar que un cinéfilo con exceso de celo también podría ser cinéfago. De todo hay en la viña del FSM. Dense una vuelta por 4chan para que se hagan una idea.

Sin embargo, la cosa no está tan clara cuando se trata de meterse entre pecho y espalda antes de morir, pasando primero por el nervio óptico, 1001 películas.

En cuanto vi el enlace (y ni de coña me puse a mirar la lista de películas; excede mi barrera de procrastinación), lo mandé a mi foro de descastados habitual para que me dieran sus opiniones al respecto. Entre mis amigos membrillos hay materia gris y filmoteca suficiente como para dar opiniones fundadas sobre todas las las listas de películas del universo desconocido, así que, como era de esperar, nos pusimos manos a la obra con nuestras películas favoritas.

Debo reconocer que siempre he sido un zoquete en lo que a cine se refiere (alguno dirá «no solo con eso»; DIE DIE DIE). Mi desvirgamiento con los cines tuvo lugar a una edad muy tardía, sobre los 17 años, cuando mis amigos estaban hasta los cojones de ver películas. Aaaaah, con qué cariño recuerdo el extinto Cine Internacional de Maspalomas, donde podías romperte la espalda con la mierda de butacas que tenía y disfrutar del descanso a mitad de película durara lo que durase esta. Perdonen ustedes, la nostalgia, que es muy puta, snif.

Así pues, poco he podido contribuir yo a la lista que propusieron mis amigos. De hecho, han prometido aflojarme cuatro hostias por no haber visto películas como Memento o Lawrence of Arabia. Sepan que las pongo adrede para que también puedan lincharme, que tengo una ligera vena sadomaso.

Así que, sin pretender ponerme dogmático, me gustaría que me comentaran sus películas favoritas por género, si les parece. No voy a limitar el número de películas ni los géneros, porque tampoco se trata de que salgan espantados, pero será interesante percibir cómo se estrujan las meninges para elegir sus películas favoritas.

Tú también puedes ser merecedor de un Ig Nobel

Hay algunos momentos en mi vida en los que se me va mucho la pinza. Bueno, algunos no. Muchos. Un jodido montón de ellos.

La cuestión es que Noli ha aprendido a reconocer esos momentos porque paso de estar manteniendo una conversación normal con ella (entiéndase por normal decirle cosas como «cariño, la lista de la compra está desnormalizada» o «el lavavajillas aún no ha alcanzado la masa crítica») a tener una mirada vacua que haría las delicias de cualquier ojeador de asesinos en serie, profesión con futuro donde las haya.

En esos momentos me dedico a explorar mis ricos mundos interiores, pero no crean que elucubro sobre una cura de exterminio para los trolls que pueblan hinternecs, no. Normalmente me dedico a pensar gilipolleces, como las que luego suelto por aquí.

Como buenos padres que intentamos ser, mantenemos una rutina constante para los niños, lo cual nos lleva a la hora del baño. Primero bañamos a la nena, le damos de comer y la acostamos, y después bañamos al enano. Y dentro de ese punto, Noli se encarga de desvestirle y yo de preparar el agua y darle el baño.

El otro día acabé de preparar la bañera antes de que Noli desvistiera a Gabi, así que me puse a mirar fijamente el agua, y de repente ya podía quemarse la casa hasta los putos cimientos que ahí estaba yo, feliz en mi catatonia.

En esto que me pongo a jugar con un vasito de plástico que usa el niño para jugar en el agua. Yo cogía el vasito, lo ponía a cierta altura, de forma invertida, y lo soltaba. El vasito entonces daba la vuelta con un «¡PLOP!», se llenaba con una cierta cantidad de agua y se quedaba flotando.

La jodimos.

En ese momento me puse a lanzar el vaso desde distintas alturas, intentando determinar una regla que, en ausencia de impulso inicial, me permitiera determinar cuál sería el volumen de agua que entraría en el vaso según la altura. Con decirles que Noli entró en el baño con el niño en brazos y le dije que se esperara…

Al cabo de siete u ocho lanzamientos me di cuenta de que, incluso con aproximaciones burdas sobre la altura de lanzamiento, los resultados obtenidos eran muy dispares, así que me dio por pensar que las fluctuaciones del agua sobre las paredes de la bañera tenían que influir por cojones. Tendría que ampliar mi modelo incorporando mecánica de fluidos, para lo cual me haría falta una curva que describiera con exactitud la concavidad de la bañera.

¿Le dije que la jodimos?

Menos mal que uno tiene una pareja con un acendrado sentido de la responsabilidad, capaz de pegarle dos gritos a uno cuando le ve cara de cretino. Pero por culpa suya me quedé sin desarrollar la teoría para poder optar a un Ig Nobel.

Luego se me fue el baifo. Perra vida esta.

¿Hacemos un garabato?

Yo soy un negado para el dibujo. Nunca he sido capaz de plasmar con el lápiz nada que saliera de mi cabeza y que no fueran palabras. Lo cual no quiere decir que no lo haya intentado, claro 😛

Cuando entré en el instituto, mi viejo amigo Víctor (joder, hace 23 años de eso), con el que trabé amistad enseguida, me enseñó a dibujar miembros cercenados.

No, no esos miembros. Me refiero a brazos, piernas y esas cosas que contribuyen a nuestra simetría bilateral. Digamos que él tenía cierto gusto por dibujar bárbaros en diversos estadios de desmembramiento. De hecho, me harté de dibujar espadas bastardas[1] como esta en manos sin cuerpo, cuando no directamente hincadas en cuerpos sin manos. Otro amigo, Ignacio Cabarcos Fernández, con cierto gusto por la mitología celta, se unió a la fiesta para hartarse de pintar batallas que ríanse ustedes de las que montaba Peter Jackson en Nueva Zelanda.

Un auténtico festival del gore, vamos.

Este preámbulo totalmente prescindible sirve para presentarles (joder, he usado tres palabras que empiezan por «pre» en la misma frase) un proyecto curioso que me hizo llegar mi amigo el buen doctor π. El proyecto se llama Do it yourself, doodler (algo así como «hazlo tú mismo, garabateador[2]»), y su autor, David Jablow, lo puso en marcha de una forma inesperada.

Como cuenta esta historia en 20 minutos, un amigo de David Jablow encontró en un trastero familiar una libreta de los años 60 con 39 páginas en las que se mostraba la silueta de una mujer en pose sugerente, a medio terminar, con la frase que da título al proyecto.

Dado que la inmensa mayoría de mis lectores tienen la mente como una cloaca de New Crobuzon, habrán imaginado varias formas de terminar el dibujo, la mayoría de las cuales implicarán el añadido de cantidades ingente de carne desnuda, posiblemente de ambos sexos.

Pero, gracias a Azathoth (su informe rejo nos penetre a todos por donde a Luis Aragonés no le entraba un pelo de gamba, amén), no todo el mundo tiene la mente así de guarra. David Jablow no, por lo menos. Él usó las 39 páginas del cuaderno (las originales) para realizar otras tantas ilustraciones (no en vano, es ilustrador profesional), donde cada una de las cuales cuenta una historia diferente.

El estilo peculiar de Jablow, unido al hecho de que cada ilustración sea una pequeña joya, ha hecho que pase un buen rato entretenido, mordiéndome los huevos los dedos de envidia cochina (porque, sepan ustedes, no hay otra envidia que la cochina, digan lo que digan las mentes bienpensantes), deseando ser capaz de dibujar de esa manera.

Quién sabe. Quizás algún día, cuando los niños vayan a la universidad o algo, me meta en clases de dibujo xD

[1] En aquella época no tenía ni puta idea de lo que era una espada bastarda, pero consumir cantidades ingentes de fantasía épica de corte medieval obra milagros.

[2] Si hay una cosa que me gusta del idioma inglés es la facilidad que tienen para adjetivar cualquier palabra poniéndole «-er» u «-or» detrás. «Garabateador» suena como el culo en castellano.

La mala leche

No me refiero a mi mala leche intrínseca, que de esa ando sobrado y no es necesario abundar en ello. De la mala leche extrínseca nos ocupamos otro día.

A través de un piar de Franky N. Merino he visto un curioso gráfico interactivo publicado en el diario El Mundo sobre la calidad de las marcas españolas de leche entera.

En mi casa tomamos tres tipos de leche:

  • Claudia toma leche entera La Asturiana.
  • Gabriel todavía está con la leche de bote, pero cuando cumpla un año, tomará la misma que Claudia.
  • Noli toma leche semiempobrecida de Carrefour. O de Hacendado. O algo de eso, no me acuerdo.
  • Yo tomo leche de soja Vivesoy. Cuando empecé a tomarla pensé «PERO QUÉ PUTA MIERDA ES ESTA», pero he acabado adicto, joder. Me cago en los gustos adquiridos.

No busquen moraleja. No la hay. Tengo un calor de tres pares de cojones y ando con el filtro de salida de verborrea jodido.

¿Fumas Facebook?

Hace tiempo que no hago una encuesta entre mis queridísimos lectores, así que procedamos.

Leyendo un artículo sobre el abandono masivo de usuarios de Facebook, me ha dado por preguntarme cuántos de mis lectores tienen cuenta en Facebook, eso como primera pregunta. Y como segunda pregunta, ¿realmente lo usan? Porque conozco a mucha gente que tiene sus cuentas cogiendo polvo al lado de la Wii en el salón.

Expláyense en los comentarios.

PS Antes de que lo pregunten, no, no tengo cuenta en Facebook. La tuve, pero me borré hace tiempo, y no tengo intención de volver.

PPS Entiendo perfectamente esta frase del artículo: «”I do feel pressured to participate,” says DeRosa. “People act like you are an alien when you tell them you aren’t on it.”» Cada vez que le digo a alguien que no tengo cuenta en Facebook me mira como si me hubiera salido un pollo de goma con polea en la cabeza.

I don't want to set the world on fire ♫

I don’t want to set the world on fire
I just want to start a flame in your heart
In my heart I have but one desire
And that one is you no other will do

I’ve lost all ambition for wordly acclaim
I just want to be the one you’d love
And with your admission that you’d feel the same
I’ll have reach the goal I’m dreaming of believe me
I don’t want to set the world on fire
I just want to start a flame in your heart

(I’ve lost all ambition for wordly acclaim)
I just want to be the one you’d love
(And with your admission could you’d feel the same)
I’ll have reach the goal I’m dreaming of believe me
I don’t want to set the world on fire
I just want to start a flame in your heart

Que alguien me saque esta canción de Eddy Arnold de la cabeza.

Poda del mango

Lo mío con las traducciones es una historia de ida y vuelta. Como informático que soy, estoy acostumbrado a leer documentación técnica en inglés desde hace un montón de años. De hecho, los dos pilares de mi educación en inglés a temprana edad fueron los libros de BASIC que me dejaban mis amigos y los videojuegos a los que podía echarle la zarpa encima. Tuve toda una revelación el día en que un amigo intentó ejecutar la orden sharpen dick en una aventura conversacional.

Sin embargo, a pesar de estar acostumbrado a aquello, siempre intentaba conseguir los libros o videojuegos en español, correctamente traducidos.

Ahora apunten lo de «correctamente», por favor, que enseguida volvemos a ello.

En el caso de los videojuegos recuerdo haber leído con entusiasmo la columna de Ferhergón, uno de los redactores de la Micromanía en su segunda época (sí, la de tamaño periódico; tengo montones), proponiendo el uso del término JdR (por «Juego de Rol») en lugar de RPG (por «Role-Play Game»), abogando por la traducción íntegra de todos los videojuegos que nos llegaran. En aquella época no hablábamos de doblaje, que eso de que los videojuegos hablaran era todavía cosa de ciencia-ficción xD

Ya se habrán dado cuenta de que, en general, la mayoría de los videojuegos llegan localizados (y esta palabra me dará para otro artículo, como bien sabe Squallido xDD) al español, aunque a veces llegan con un nivel de tipo Verónica Forqué en El resplandor.

Por ponerles un ejemplo, hace tiempo que tengo la edición de coleccionista del Fallout 3, en español. La he instalado, he empezado a jugar… Y joder, qué horror. No es que las voces sean malas… De hecho, el juego empieza bien con la voz en off de Pepe Mediavilla, actor que dobla habitualmente a Morgan Freeman o James Earl Jones. Pero luego te das cuenta de que los actores de doblaje no se sentían muy cómodos en su papel, porque tienden a la sobreactuación. El colmo fue cuando le pegué un tiro a un supermutante y dijo algo así como «¡oh, no!» con voz de ejecutivo.

En ese momento decidí bajarme la versión en inglés. Que ojo, no sé cómo estará, pero sé que el trabajo en las voces se puede hacer de puta madre, como me ha demostrado el Splinter Cell: Conviction, uno de los mejores juegos a los que he jugado.

Por resumir, en general prefiero los videojuegos en su idioma original (y sí, si es en ruso, pues en ruso), porque me da la impresión de que los actores de doblaje todavía no pillan bien esto de los videojuegos.

Con los libros todavía no he llegado a ese punto. Hasta ahora solo me he leído una novela en su idioma original, y fue The City and the City, de China Miéville. Al principio me costó horrores pillar los conceptos (y con China Miéville más te vale tenerlos claros), aunque al final ya leía de forma fluida. Sin embargo, no dejo de pensar que se me escaparon bastantes cosas.

Y es que no es lo mismo una novela que un manual técnico. Y ahí, amigos y vecinos, siempre, siempre, SIEMPRE prefiero los textos en inglés. Afortunadamente, los textos de informática actuales suelen estar traducidos por gente que sabe del tema (si no, ya me dirán), pero recuerdo un caso que me produjo horror, como si me comiera un cacho de papaya algo pasado (y, como todos ustedes saben, la papaya sabe a vómito de cabra caliente recién regurgitado, con tropezones y todo).

Hay un libro especialmente nefasto en informática conocido como «el libro del dragón», o, en su título original, Compilers: Principles, Techniques and Tools (Compiladores: Principios, técnicas y herramientas). La asignatura de traductores e intérpretes no estaba mal, pero el libro era un horror que no había dios que se tragase.

Claro que, puede que se debiera a cosas como «proceder a la poda del mango». Cuando leí esa frase en el libro me dije mentalmente «WTF» (mentira, era la era preinternet, así que esos acrónimos ni existían). Dado que solo tenía a mano mi diccionario Collins, tardé un buen rato en descifrar que, lo que quería decir esa frase era cutting the handle, refiriéndose a una rama de un árbol de análisis de una gramática (el término correcto hubiera sido «eliminar la rama» o algo así).

Desde ese entonces paso de leer documentación técnica traducida al español, si puedo evitarlo. Solo me queda la espinita clavada de las novelas, pero todo se andará.

Los hombrecillos grises

Quizás se hayan fijado en que, cuando alguien me deja un comentario, a veces aparece una imagen identificando a la persona que lo escribió, y a veces aparece un hombrecillo gris, triste y frío, que pasa más desapercibido que Radagast el pardo.

Hombrecillo gris

Los que ven el hombrecillo gris cuando comentan, quizás quieran saber que eso de olvidar el rostro de su padre tienen los días contados. Hay una herramienta, vieja como practicar el sexo en decúbito supino, llamada Gravatar (por Globally Recognized Avatar), que es justamente la que emplea este blog.

La forma de funcionar de este servicio es muy simple: solo tienes que hacerte una cuenta y asociar una imagen a una dirección de correo. De hecho, puedes añadir varias imágenes y varias direcciones de correo.

De esta forma, cuando dejas un comentario en un sitio que admita gravatares (como este), el sistema buscará automáticamente la imagen que tengas asociada al correo electrónico que hayas puesto en el comentario. Yo me hice mi gravatar hace cinco años y solo lo he cambiado una vez desde entonces, para ponerme el de cara de mala leche que tengo actualmente xD

Sé que esto que cuento no es nuevo para mucha gente, pero supongo que los que no tienen imagen asociada no lo saben (o no les importa, pero ese es otro tema). Sírvanse ustedes mismos 😛